“Cuéntame un cuento y veras que contento me voy a la cama y tengo lindos sueños” dice la canción del grupo Celtas Cortos y dice bien sin embargo, y pese a que todos los países tienen un buen puñado de magníficos relatos tradicionales, nos limitamos a reproducir siempre los mismos, gato con botas, caperucita, etc.
Algunos dicen que la cultura del país se refleja en sus relatos y que las hay tan ajenas a la nuestra que hacen que sus relatos sean, sino totalmente incompresibles, si imposibles de disfrutar en toda su magnitud.
Es cierto y culturas como la japonesa no son nada sencillas de entender sin embargo sus cuentos siguen siendo cuentos y muestran valores, sentimientos y lecciones que son universales. Puede que las estampas naturales y el lirismo del relato nipón no sea captado por el occidental en toda su grandeza y significado pero eso no impide que disfrute con historias como la Kaguyahime, la bella hija de la luna que nació en el interior de un junco dorado y regresó con su madre a lomos de un hermoso caballo alado.
Sirva como ejemplo de lo expuesto “Kasajizo” un relato tradicional muy popular e Japón que, salvando las distancias, seria como uno de nuestros cuentos de Navidad.
Al pie de la montaña, y alejado varios kilómetros del pueblo, tenían su hogar un matrimonio de ancianos. Era la pareja tan pobre que ni siquiera un mísero plato de mijo podían poner en su mesa el día del año nuevo.
“Ve al pueblo y trata de vender estos adornos para el pelo que hice anoche” dijo la anciana y su marido se dirigió al pueblo para intentar negociar con ellos. Había nevado durante varios días y aunque el anciano estaba cansado al encontrarse con un grupo de "jizos" (Pequeñas estatuas de dioses bonachones que se colocan en los caminos) se detuvo. “¿Tenéis frío?” preguntó y esbozando una sonrisa y con sumo cuidado les quitó la fría nieve que los cubrían.
No tuvo suerte al anciano en el poblado y no consiguió vender los adornos de modo que abatido se sentó a descansar en una esquina. “¿Tu tampoco has tenido suerte?” preguntó un hombre que vendía “kasas” (sombreros de paja) y ambos intercambiaron sus productos para ver si tenían más suerte. No fue así y sumido en una profunda tristeza el anciano regresó a casa con los sombreros.
Se volvió a cruzar con los Jizos y para que no tuviesen frío les puso los sombreros de paja pero como le faltaba uno para el más pequeño de ellos se quitó el paño con el que protegía su cabeza y se lo puso.
Al llegar a casa contó a su mujer su fracaso en la venta, el trueque de los sombreros y como dejó esto en las estatuas. “Has hecho bien” dijo ella y justo en ese momento oyeron fuertes ruidos en el exterior. Salieron corriendo para ver que pasaba y junto a la puerta encontraron leña, comida y ropa nueva. Pequeñas huellas se dirigían hacia el bosque y cuando alzaron su mirada vieron a los jizos alejarse caminando en hilera mientras cantaban.
Por si no has caído en ello “Kasajizo” seria algo así como el sombrero de los dioses. Otro días más ;)







