La literatura de ciencia-ficción lleva años trabajando sobre conceptos que en un primer momento parecían “sueños irrealizables” pero que hoy día son “realidades cercanas”. La nanotecnología y los exoesqueletos son dos de estos conceptos pero el que más ha ocupado a los escritores, y el único que ha creando un nuevo subgénero propio llamado cyberpunk, es la creación de organismos cibernéticos.
Aunar carne y máquina para crear seres más perfectos es una ciencia que, al menos en lo que afecta a los humanos, está aun en pañales y los avances se circunscriben a la medicina reconstructiva (transplantes de cóclea, prótesis de titanio, chips cerebrales, etc) sin embargo con los animales se han alcanzado logros sorprendentes.
El último avance, presentado hace unos días, nos los ha ofrecido DARPA (Agencia de proyectos avanzados de defensa) esa que en su día creó para el ejercito americano el sistema de trasmisión de datos que hoy conocemos como Internet.

Lo que estos buenos señores mostraron fue una polilla cibernética (ver imagen) a la que se le habían instalado unos componentes electrónicos gracias a los cuales se puede controlar sus movimientos y unas micro cámaras con las que puede espiar al enemigo. También, y aunque no lo dijeron, la polilla puede llevar la nueva generación de explosivos concentrados que con unos pocos gramos pueden hacer un enorme estropicio. Así pues no es “novelesco” pensar que doscientas polillas explosivas puedan lanzarse contra un objetivo o que uno de estos animales espíe a la vecinita buenorra de algún orondo general, sin embargo prefiero pensar en empleos más positivos.
La polilla se controla gracias a unas luces que se enciendes en ambos lados de su cabeza en plan “gira para aquí” o “gira para allí” (serian como intermitentes) y que van sobre una especie de “mochilita” pero lo más importante es que toda la circuiteria necesaria se implantó en la fase larvarea y eso ha permitido no solo que permanezcan ocultos en el interior del “bicho” (partes blandas) sino que el organismo los identifique como propios e interactúe con ellos.
Algo así no es posible en humanos y el paralelismo es “imposible” a fecha de hoy pero si pienso en intervenciones intrauterinas que colocan microchips, nanobaterias y circuitería en un embrión humano se me ponen los pelos como escarpias. ¿Por qué? No porque la imagen sea desagradable, que lo es, sino porque sé que en cuanto sea viable alguien lo hará.
Mary Shelley nos avisó, con su sublime libro, del peligro que se corre cuando un científico juega a ser Dios pero su esfuerzo fue inútil. Nos queda la poética aunque lúgubre novela pero no la enseñanza, que le vamos a hacer, somos humanos y por ende un poco monstruos.
“Learn from my miseries and do not seek to increase your own.”
Victor Frankenstein